Pasar por la República Dominicana y no conocer sobre el merengue es como pasar por La Habana y obviar el casino. Por eso no he podido sustraerme a indagar algunas de sus características y la historia de este género músico-danzario orgullo del crisol del Caribe.
A diferencia de otros ritmos y bailes populares, el merengue tiene una fecha de nacimiento: noviembre de 1854, diez años después del nacimiento de la nación dominicana. La fecha se considera por haber aparecido registrado en un documento público.
Como ha sucedido en otros movimientos de este tipo, en sus inicios fue tildado de indecente y vulgar y la Iglesia lo proscribió como baile pecaminoso, igual que sucedió con nuestro danzón.
Se toma como lugar de surgimiento la ciudad de Santiago de los Caballeros, en el centro del país, cuna de instrumentistas de los tres pilares sonoros del ritmo: la tambora, la güira y el acordeón, de ahí que se le conozca como la capital del merengue.
Según algunos estudiosos, su danza y su música registran el ritmo de la vida de los dominicanos y ellos marcan con su vida ese ritmo. La historia se refleja en sus letras y en sus tonadas con ese aire de familia que señaló Alejo Carpentier para los sonidos del Caribe.
La antropóloga dominicana Catana Pérez de Cuello en su ensayo sobre los orígenes del merengue se refiere a él en estos términos: Amado y vapuleado, saboreado o despreciado, sus letras han narrado (…) las vivencias criollas: las amorosas y las de malquerencias, las políticas y las sociales, las de arraigo y las de lejanía, las cotidianas y las extraordinarias. Con gusto a monte adentro o con sabor a las modernidades a las que empuja la civilización.
No existe una sola forma de bailar el merengue, cuya característica principal es la de ser un baile en pareja en el cual el oído musical y la coordinación de los movimientos de cintura y de los pies resultan los principales elementos. Se dice que tiene múltiples influencias, tanto africanas como europeas y de otras etnias y se pueden apreciar rasgos de la mazurca, la polka, el vals, el palo, los congos, el gagá y la sarandunga.
Se ha extendido hasta Haití y Venezuela, es en la isla de las Antillas donde más se escucha su característica melodía acompañada por la tambora (tambor de dos parches), el güiro y el acordeón. Anteriormente se tocaba con instrumentos de cuerda autóctonos de la región, como son el tiple, la bordona, el cuatro, el seis y el doce. La música se toca en tempo moderado, compás rápido de 2X4 y ritmo binario, y alterna secciones de estrofas y estribillos.
En el Sur y el Este se bailan variantes regionales como el palo-echao o pri-pri; el merengue de atabales es también del Este; mientras el redondo de Samaná, el ocoedo y la jerapega se bailan en otras regiones del país. No obstante, hay tres estilos básicos de bailarlo: el tradicional o clásico, el popular y el ripiao.
Aunque oficialmente este baile de parejas tiene más de siglo y medio, como originario del pueblo, sus antecedentes son más remotos y su continuidad será eterna, mientras haya un dominicano o un caribeño que lo cante o lo baile.
Entre los autores más reconocidos en el plano musical se encuentran Johnny Ventura, Félix del Rosario, Alberto Beltrán y Juan Luis Guerra, quienes lo han popularizado con sus respectivos conjuntos y han hecho que los bailadores de todo el Caribe y más allá en América, hayan hecho del merengue un baile continental.
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